El vuelo del violin
Septiembre 6, 2006
Máximo Damián es un hombre humilde y callado, vive de la música y para ella. Toca el violín con una devoción tan grande. Lo conocí hace algunos años en un festival folclórico en la UNI, conseguí reconocerlo cuando ingresaba al teatro; me acerque emocionado para saludarle y con una mirada triste y sumisa me dijo “Si papay, yo soy Máximo; el violinista que le llevo con una tonada a José Maria Arguedas hasta su tumba”. Máximo cuenta que llego a Lima en el segundo quinquenio del 50 de su natal Aucara en Lucanas – Ayacucho. Ya en Lima trabajo de empleado domestico en muchas casas; con su primer sueldo compro un violín y comenzó a tocar, aunque la música lo trajo de Lucanas.
Con los años conoció a José Maria, quien le busco el trabajo de conserje en el Banco Hipotecario. Fue él quien le enseño a convivir con una sociedad injusta y cruel con todo valor provinciano y confió tanto hasta el fin de sus días, por eso aquel día que lo conocí me dijo “Si papay, yo soy Máximo; el violinista que le llevo con una tonada a José Maria Arguedas hasta su tumba”.
Hace mucho que no lo vuelvo a ver, a veces lo recuerdo cuando voy a una de las festividades de los Danzaq, tocando el violín a la orilla del río Umpu, sentado en una piedra. El revolotear del agua en las piedras se confunde con ese sonido tan bello y extraño del violín.
Espero volver a verte querido amigo Máximo Damián; espero algún día papay.
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